viernes, 7 de noviembre de 2008

India: el puzle imposible de las castas

Texto premiado en la categoría de reportaje inédito del III Memorial Joan Gomis.
Por Jesús G. Pastor.

Klik.
Mayo de 2008. Kamlesh, una niña dalit de seis años, muere abrasada cuando un vecino la lanza al fuego por atreverse a utilizar el camino destinado a las castas altas.

Klak. Mayo de 2008. Sridhar, un estudiante dalit de catorce años, gana una beca de estudios de la NASA con un ensayo sobre la formación de las estrellas.

Klik. 185 millones de personas sufren discriminación en la India más tradicional por ser dalits.

Klak. Un dalit fue presidente del gobierno en 1997. Un economista dalit dirige el Royal Bank. Una dalit es la presidenta de Uttar Pradesh. Un actor dalit alcanza la fama en Boollywood.


Coloco las piezas del puzzle indio sobre mi mesa. No entiendo cómo, pero las piezas encajan. Aunque la imagen obtenida parece más un cuadro abstracto que el mapa de un país.


Klik. “¿Las castas? Hoy no significan gran cosa y en veinte años la gente ni se acordará”, me explica Sangat, un empleado de banca mientras paseamos por el malecón de Bombai. “Mira, aquí vienen los amantes a ver la puesta de sol, a ser anónimos, no importa su casta ni su religión. Ah, y en esa playa besé por primera vez a mi novia, que es de otra casta...”

Klak. “¿Las castas? A veces parece que no ha cambiado nada... No podemos vivir en la misma residencia ni comer en la misma mesa que ellos. Dejé el pueblo y creí abandonar el estigma dalit para siempre”. Narendra estudia medicina en Delhi, en el All India Institute of Medical Science, un prestigioso hospital al que ha podido acceder gracias a la discriminación positiva.


Casi 1.200 millones de personas habitan la India y los dalits, antes intocables, forman el 16% de esta población y un colectivo dividido, a su vez, en cientos de subgrupos. El caos y las gigantescas dimensiones de las urbes ayudan a diluir, parcialmente, la segregación por castas. Pero en las zonas rurales, donde vive el 70% de la población, el “y tú, ¿de quién eres?” continúa dominando las relaciones familiares y socioeconómicas.


El origen de todo
El sistema de castas, un sistema de clasificación social, impera en la India desde hace más de 1.500 años. Según la leyenda, los hombres nacieron de Purusha, la conciencia universal representado por un gigante. Su mente es la luna, sus ojos, el sol. Otras partes de su cuerpo dieron lugar a las castas (varnas). De su boca brotaron los brahmines, los más puros, sacerdotes y filósofos. De los hombros, los kshatriyas, políticos y militares. Los vaishyas, comerciantes y artesanos, nacieron de sus caderas. Y los trabajadores y campesinos, los shudras, de los pies. Los dalits quedan fuera, demasiado impuros para ser sus hijos.

Pero fueron las Manu Smriti, escritas posteriormente, las que especificaron la rigurosa división entre las castas. Contradiciendo algunos textos del Bhagavad Gita, la Biblia hindú, según los cuales nadie está excluido de la iluminación espiritual, las Leyes de Manu señalan a qué casta pertenece cada uno, en qué trabajar, cómo alimentarse, con quién casarse y a quién evitar. Así, se hereda el tipo de trabajo y el estadio espiritual. Los individuos que hayan seguido las actividades (karma) correspondientes a su camino (dharma) podrán reencarnarse en una casta superior.


El trabajo os hará libres
Para ascender en las reencarnaciones se asignaron a los dalits trabajos muy duros que han sobrevivido hasta hoy: limpiar letrinas, recoger basuras, incinerar cadáveres, desollar animales...

Pero los cambios en las últimas décadas han sido increíbles”, me cuenta entusiasta Anisha Chugh, de la Fundación Dalit. “Antes, en las aldeas, los dalits debían anunciar su llegada tocando un tambor y se creía que estaba contaminada hasta su sombra. Ahora algunos estudiamos en la universidad, hacemos negocios, incluso hay dalits millonarios”. En la India capitalista y económicamente triunfadora el dinero es, a falta de buena voluntad, el aceite que engrasa las bisagras del complejo sistema de castas indio.


Klik. En Agra, Hari Kishen sonríe. Nació en la calle junto a catorce hermanos. Pedaleó hasta la extenuación tirando de un ciclo-rickshaw, abrió una pequeña tienda, luego otra... Ahora es el propietario de una fábrica de zapatos, varios restaurantes y un hospital donde 25 médicos de castas altas trabajan para él y junto a médicos dalit.

Klak. En Agra, el hijo de Hari Kishen se enamoró de una chica de casta superior. Un centenar de vecinos se acercaron a su mansión para explicarle, con bates de cricket y amenazas, que la unión no era conveniente. El hijo de Hari se ha casado. Con una dalit.


El matrimonio sigue siendo la piedra angular del sistema de castas. Está cambiando en las ciudades y entre las clases medias y cada día hay más parejas que mezclan castas e incluso religiones. Pero la mayoría de los enlaces son concertados o aprobados por las familias que concretarán la dote a pagar por los parientes de la novia. Incluso portales matrimoniales como BharatMatrimony.com piden la casta antes de empezar a navegar.

Ojo -me advierte Talema-. No pretendemos casarnos con ellos. Queremos que nos respeten, que en el pueblo no nos insulten y en la ciudad no nos discriminen al buscar alquiler o trabajo. Aquí, algunos no invitan a nuestros hijos a sus fiestas y nosotros tampoco les invitamos. Con el resto, sólo fiestas”, bromea. Talema vive en Delhi, en un bloque de apartamentos que diseñó un constructor dalit para dalits de clase media.


Vida sin castas
En Kerala, estado sureño donde reina el comunismo y la tasa de alfabetización es la más alta del país (90%), los muros de las castas son más porosos que en Bihar, uno de los estados más pobres y menos alfabetizados (54%). En las islas Andamán la mezcla étnica y los 1.000 km de distancia del subcontinente indio ayudan. Conviven bangladeshíes hindúes, comunistas de Kerala, cristianos de Goa, buscavidas de Chenai, budistas birmanos y aborígenes animistas autóctonos. “Estamos tan lejos y tan incomunicados, que hemos podido construir libres la vida en el paraíso”, comenta feliz Sajan, agnóstico, comunista y casado con una hindú.

La conversión a otra religión es, a priori, otra salida. El primero en convertirse al budismo fue el dalit Bhimrao Ramji Ambedkar, uno de los padres de la Constitución de la India independiente de 1950 (que prohíbe la discriminación por casta). En 1956, agotado de golpearse contra el muro hindú, decidió convertirse al budismo junto a miles de seguidores. Desde entonces, organizaciones católicas y budistas organizan conversiones masivas cíclicamente prometiendo la liberación.

Un miembro de la Red de Liberación Dalit me explica por teléfono que la conversión es “más que un acto religioso, un grito por la dignidad humana”. Pero, aunque representan el 75% de su base, en la iglesia católica india de 156, sólo 6 obispos son dalits. Restricciones a la hora de compartir templos y cementerios con las castas altas han provocado ya, rizando el rizo, reconversiones de dalits cristianos al hinduismo. Suresh, un brahmín de Trivandrum, me aclara la utilidad de las conversiones: “Los mismos perros, distinto collar”.


Klik. El 8% de las plazas parlamentarias está reservado a líderes dalits. Se está debatiendo la propuesta de extender la discriminación positiva a universidades y sector privado.

Klak. El Ranvir Sena, un grupo de extrema derecha, promueve la supremacía brahmínica. Los Dalits Panthers of India combaten a los supremacistas.

Klik. El presupuesto público contempla planes de promoción de los dalits proporcionales a la población residente. El 16% de la India es dalit. El 6% de lo presupuestado en 2007 llegó a los dalit.

Klak. La Corte Suprema estudia reformar una ley para ampliar la discriminación positiva a los dalits musulmanes y cristianos, igualmente discriminados y sin apoyo institucional.


El último escalón
La palabra
dalit significa oprimido, suprimido, despedazado e incluye a cualquiera que pertenezca a un grupo social definido, según el gobierno británico primero e indio después, como Castas Atrasadas. Antes se les llamaba intocables, descastados. Mahatma Gandhi les bautizó como hariian, "niños de dios" y fueron los Dalit Panthers quienes popularizaron en los 70 el término dalit que define al grupo y, simultáneamente, denuncia su situación.

Y los más oprimidos de los oprimidos son, sin duda, los bhangis. Más de un millón de personas, en su gran mayoría mujeres, que pasan sus días limpiando letrinas. Discriminados incluso por otros dalits, están en la base de la pirámide. O, como puntualiza Meena Valkimi, de la ong Safai Karmachari Andolan, “limpiando los restos de la pirámide, pero viviendo fuera”. La cantidad de enfermedades que contraen trabajando sin protección es interminable. Saradah Kumar recuerda su primer día, hace más de veinte años: “Entonces no sabía lo resbaladiza que puede ser una fosa séptica... Y resbalé. Estuve horas vomitando y gritando y nadie me ayudó, sólo cuando llegó otro bhangi pude salir. Pasé dos días sin comer, no podía olvidar el olor y el sabor...”.

La presión de las ongs consiguió que en 1993 el gobierno prohibiera la recogida manual de excrementos. Pero aplicar una ley a través del monstruo burocrático indio, mezcla de corrupción y lentitud, es muy complicado. Y las respuestas que me dan los portavoces gubernamentales en Gujarat y Rajasthan son hilarantes. El primero niega que todavía existan bhangis, el segundo justifica el uso de letrinas secas como la solución más ecológica a la sequía.

Dalit, pobre y mujer
Según las ongs se cometen anualmente más de 120.000 delitos contra los dalits. En este sentido, el gobierno aprobó en 1989 la ley conocida como Acta para la prevención de atrocidades que prohibía específicamente desnudar a dalits en público, apropiarse de sus tierras, robar de sus pozos, manipular sus votos, quemar sus casas y obligarles a tragar orina y excrementos.

La Plataforma de los Derechos de las Mujeres Dalit de la India denuncia que, cada día, tres mujeres dalit son violadas, en muchas ocasiones para castigar las “faltas” cometidas por algún familiar. “Padecemos discriminación por ser pobres, dalits y mujeres. Y tenemos que cambiar la mentalidad de las castas altas y el machismo de nuestros hombres”, lamenta Bhawari Chennaya. “Pero somos optimistas. Somos emprendedoras, participamos en la política asamblearia de los pueblos, los panchayats, conseguimos microcréditos... Todo es cuestión de paciencia y voluntad”.

En el estado de Uttar Pradesh me presentan a la familia Tajaram. Estaban enfrentados con algunos terratenientes por la propiedad de unas tierras que el gobierno les había donado. Una noche, doce hombres entraron en su casa. A él le amputaron las orejas. A ella la violaron. Las cosas en su sitio, la tierra para los de siempre. La Campaña para los Derechos Humanos de los Dalits apunta otros campos de batalla: “Durante siglos se nos ha negado la propiedad y la educación. Cuando accedamos en igualdad a estos dos ámbitos, todo cambiará”.


Klik. India es el segundo país con más billonarios del mundo y el país con mayor número de pobres del mundo.

Klak. Sólo el 5% de los jóvenes dalits y el 1% de ellas siguen estudiando después de la secundaria.

Klik. Los líderes de una aldea acusan a una dalit de brujería. Le rapan la cabeza, la atan a un árbol desnuda, la golpean y la obligan a beber orina de vaca para purificarse.

Klak. En 2007 el 0,05 % de las denuncias por abusos policiales concluyó en condenas.

Klik. Divyda se ahorca con su sari, desquiciada por las burlas de sus compañeros. La llamaban devdasi, esclava de dios, un colectivo de miles de esclavas sexuales dalits a disposición de líderes religiosos.

Klak. Más de 30 millones de dalits trabajan en condiciones de esclavitud pagando deudas de sus antepasados.

Klik. Una cooperativa emplea a más de 1.000 mujeres dalit que abandonan la limpieza de lavabos para convertirse en cocineras del randani roti, una delicatessen dalit.


Klik. Klak. Klik. Klak. Kilk. Klak. Coloco más piezas que se acoplan y se superponen en este puzzle imposible que es el sistema de castas indio, en este puzzle inabarcable que es la India, un país resistente a la homogeneidad occidental, un rayo de luz en el que todavía se pueden ver sin esfuerzo todos los colores y donde casi nada, casi nunca, es blanco o negro.

Índia: el puzle impossible de les castes

Text premiat a la categoria de reportatge inèdit del III Memorial Joan Gomis.
Per Jesús G. Pastor.


Klik. Maig de 2008. Kamlesh, una nena dalit de sis anys, mor cremada quan un veí la llança al foc per atrevir-se a passar pel camí destinat a les castes altes.

Klak. Maig de 2008. Sridhar, un estudiant dalit de catorze anys, guanya una beca d’estudis de la NASA amb un assaig sobre la formació de les estrelles.

Klik. 185 milions de persones pateixen discriminació a l’Índia més tradicional per ser dalits.

Klak. Un dalit va ser president del govern el 1997. Un economista dalit dirigeix el Royal Bank. Una dalit és la presidenta de Uttar Pradesh. Un actor dalit arriba a la fama a Boollywood.


Col·loco les peces del puzle indi sobre la meva taula. No entenc com, però les peces encaixen. Encara que la imatge obtinguda sembla més un quadre abstracte que el mapa d’un país.


Klik. “¿Les castes? Avui no signifiquen gran cosa i d’aquí a vint anys la gent ni se’n recordarà”, m’explica Sangat, un empleat de banca, mentre passegem pel terraplè de Bombai. “Mira, aquí vénen els enamorats a veure la posta de sol, a ser anònims, no importa la seva casta ni la seva religió. Ah, i en aquesta platja vaig fer un petó per primera vegada a la meva dona, que és d’altra casta...”

Klak. “¿Les castes? De vegades sembla que no han canviat gens... No podem viure a la mateixa residència ni menjar a la mateixa taula que ells. Vaig deixar el poble i vaig creure haver abandonat l’estigma dalit per sempre. Narendra estudia medicina a Delhi, a l’All India Institute of Medical Science, un prestigiós hospital al qual ha pogut accedir gràcies a la discriminació positiva.


Gairebé 1.200 milions de persones habiten l’Índia i els dalits, abans intocables, formen un 16%per cent de la població, el: “i tu, de qui ets?” continua dominant les relacions familiars i socioeconòmiques. d’aquesta població i un col·lectiu dividit, al seu torn, en centenars de subgrups. El caos i les gegantines dimensions de les urbs ajuden a diluir, parcialment, la segregació per castes. Però en les zones rurals, on viu un 70 per cent de la població, el: “i tu, de qui ets?” continua dominant les relacions familiars i socioeconòmiques.


L’origen de tot

El sistema de castes, un sistema de classificació social, impera a l’Índia des de fa més de 1.500 anys. Segons la llegenda, els homes van néixer de Purusha, la consciència universal representada per un gegant. La seva ment és la lluna; els ulls, el sol. Altres parts del cos van donar origen a les castes (varnas). De la boca li van brollar els brahmans, els més purs, sacerdots i filòsofs. Dels muscles, els kshatriyas, polítics i militars. Els vaishyas, comerciants i artesans, li van néixer dels malucs. I els treballadors i camperols, els shudras, dels peus. Els dalits queden fora, massa impurs per a ser els seus fills.

Però van arribar les Manu Smriti, escrites posteriorment, les quals van especificar la rigorosa divisió entre les castes. Contradient alguns textos del Bhagavad Gita, la Bíblia hindú, segons els quals ningú està exclòs de la il·luminació espiritual, les Lleis de Manu assenyalen a quina casta pertany cadascú, en què treballar, com alimentar-se, amb qui casar-se i a qui evitar. Així, s’hereta el tipus de treball i l’estadi espiritual. Els individus que hagin seguit les activitats (karma) corresponents al seu camí (dharma) podran reencarnarse en una casta superior.


El treball us farà lliures

Per a ascendir en les reencarnacions es van assignar als dalits treballs molt durs que han sobreviscut fins a avui: netejar latrines, recollir escombraries, incinerar cadàvers, escorxar animals...

“Però els canvis en les últimes dècades han estat increïbles”, m’explica entusiasta Anisha Chugh, de la Fundació Dalit. “Abans, en els llogarets, els dalits havien d’anunciar la seva arribada tocant un tambor i es creia que estava contaminada fins i tot la seva ombra. Ara alguns estudiem a la universitat, fem negocis, fins i tot hi ha dalits milionaris”. A l’Índia capitalista i econòmicament triomfadora els diners són, mancant bona voluntat, l’oli que greixa les frontisses del complex sistema de castes indi.


Klik. A Agra, Hari Kishen somriu. Va néixer al carrer, al costat de catorze germans. Va pedalejar fins a l’extenuació tirant un cicle-rickshaw, va obrir una botigueta, després altra... Ara és el propietari d’una fàbrica de sabates, diversos restaurants i un hospital on 25 metges de castes altes treballen per a ell i al costat de metges dalit.

Klak. També a Agra, el fill de Hari Kishen es va enamorar d’una noia de casta superior. Un centenar de veïns es van acostar a la seva mansió per a explicar-li, amb bats de criquet i amenaces, que la unió no era convenient. El fill de Hari s’ha casat. Amb una dalit.


El matrimoni continua sent la pedra angular del sistema de castes. Està canviant a les ciutats i entre les classes mitjanes, i cada dia hi ha més parelles que barregen castes i, fins i tot, religions. Però la majoria dels enllaços són concertats o aprovats per les famílies que concretaran el dot a pagar pels parents de la núvia. Fins i tot portals matrimonials com bharatmatrimony.com demanen la casta abans de començar a navegar.

“Atenció m’adverteix Talema . No pretenem casar-nos amb ells. Volem que ens respectin, que no ens insultin al poble ni ens discriminin quan busquem lloguer o treball a la ciutat. Aquí, alguns no conviden als nostres fills a les festes. Nosaltres tampoc els convidem. Amb la resta, només festes”, bromeja. Talema viu a Delhi, en un bloc d’apartaments que va dissenyar un constructor dalit per a dalits de classe mitjana.


Vida sense castes

A Kerala, estat del sud on regna el comunisme i la taxa d’alfabetització és la més alta del país (90 per cent), els murs de les castes són més porosos que a Bihar, un dels estats més pobres i menys alfabetitzats (54 per cent). A les illes Andamán els 1.000 km de distància i la barreja ètnica ajuden. Conviuen bengalís hindús, comunistes de Kerala, cristians de Goa, buscavides de Chenai, budistes birmans i aborígens autòctons animistes. “Estem tan lluny i tan incomunicats, que hem pogut construir lliures la vida en el paradís”, comenta feliç Sajan, agnòstic, comunista i casat amb una hindú.

La conversió a una altra religió és, a priori, una altra sortida. El primer de convertir-se al budisme va ser el dalit Bhimrao Ramji Ambedkar, un dels pares de la Constitució de la Índia independent del 1950 (que prohibeix la discriminació per casta). El 1956, esgotat d’estavellar-se contra el mur hindú, va decidir convertir-se al budisme al costat de milers de seguidors. Des de llavors, organitzacions catòliques i budistes organitzen conversions en massa cíclicament prometent l’alliberament.

Un membre de la Xarxa d’Alliberament Dalit m’explica per telèfon que la conversió és “més que un acte religiós, un crit per la dignitat humana”. Però, encara que representen un 75 per cent de la seva base, en l’Església catòlica índia, de 156 bisbes, només 6 són dalits. Restriccions a l’hora de compartir temples i cementiris amb les castes altes han provocat ja, filant encara més prim, reconversions de dalits cristians al hinduisme. Suresh, un braman de Trivandrum, m’aclareix la utilitat de les conversions: “Els mateixos gossos, amb diferents collars”.


Klik. Un 8 per cent de les places parlamentàries està reservat a líders dalits. S’està debatent la proposta d’estendre la discriminació positiva a universitats i sector privat.

Klak. El Ranvir Sena, un grup d’extrema dreta, promou la supremacia bramànica. Els Dalits Panthers of Índia combaten els supremacistes.

Klik. El pressupost públic contempla plans de promoció dels dalits proporcionals a la població resident. Un 16 per cent de l’Índia és dalit. Un 6 per cent del pressupostat el 2007 va arribar als dalit.

Klak. El Tribunal Suprem estudia reformar una llei per ampliar la discriminació positiva als dalits musulmans i cristians, igualment discriminats i sense suport institucional.


L'últim esglaó

La paraula dalit significa oprimit, suprimit, trossejat i inclou a qualsevol que pertanyi a un grup social definit, segons el govern –britànic primer i indi després– com castes antigues. Abans se’ls anomenava intocables, descastats. Mahatma Gandhi els va anomenar hariian, “nens de déu”, i van ser els Dalit Panthers qui van popularitzar els anys 70 el terme dalit que defineix el grup i, alhora, denuncia la seva situació.

I els més oprimits dels oprimits són, sens dubte, els bhangis. Més d’un milió de persones, en la seva gran majoria dones, que passen els dies netejant latrines. Discriminats fins i tot per altres dalits, estan en la base de la piràmide. O, com puntualitza Meena Valkimi, de la ONG Safai Karmachari Andolan, “netejant les restes de la piràmide, però vivint-ne fora”. La quantitat de malalties que contreuen treballant sense protecció és interminable. Saradah Kumar recorda el seu primer dia, fa més de vint anys: “Llavors no sabia com de relliscosa podia ser una fossa sèptica... I vaig relliscar. Vaig estar hores vomitant i cridant i ningú em va ajudar, només quan va arribar un altre bhangi vaig poder-ne sortir. Vaig passar dos dies sense menjar, no podia oblidar-ne la fortor ni el sabor...”.

La pressió de les ONG va aconseguir que el 1993 el govern prohibís la recollida manual d’excrements, però aplicar una llei a través del monstre burocràtic indi, barreja de corrupció i lentitud, és complicat. I les respostes que em donen els portaveus governamentals a Gujarat i Rajasthan són hilarants. El primer nega que encara existeixin bhangis, el segon justifica l’ús de latrines seques com la solució més ecològica a la sequera.


Dalit, pobra i dona

Segons les ONG es cometen anualment més de 120.000 delictes contra els dalits. En aquest sentit, el govern va aprovar el 1989 la llei coneguda com a Acta per a la Prevenció d’Atrocitats que prohibia específicament despullar dalits en públic, apropiar-se de les seves terres, robar dels seus pous, manipular-los els vots, cremar-los les cases i obligar-los a empassar orina i excrements.

La Plataforma dels Drets de les Dones Dalit de la Índia denuncia que, cada dia, tres dones dalitdalits i dones. I hem de canviar la mentalitat de les castes altes i el masclisme dels nostres homes”, lamenta Bhawari Chennaya. “Però som optimistes. Som emprenedores, vam participar en la política assembleària dels pobles, els panchayats, vam aconseguir microcrèdits... Tot és qüestió de paciència i voluntat”. són violades, en moltes ocasions per a castigar les faltes comeses per algun familiar. “Patim discriminació per ser pobres,

En l’estat de Uttar Pradesh em presenten la família Tajaram. Estaven enfrontats amb alguns terratinents per la propietat d’unes terres que el govern els havia donat. Una nit, dotze homes van entrar a casa seva. A ell li varen amputar les orelles. A ella la van violar. Les coses en el seu lloc, la terra per als de sempre. La Campanya per als Drets Humans dels Dalits apunta altres camps de batalla: “Durant segles se’ns ha negat la propietat i l’educació. Quan accedim en igualtat a aquests dos àmbits, tot canviarà”.


Klik. L’Índia és el segon país amb més bil·lionaris del món i el país amb major nombre de pobres del món.

Klak. Només un 5 per cent dels joves dalits i un 1 per cent d’elles segueixen estudiant després de la secundària.

Klik. Els líders d’un llogaret acusen de bruixeria una dalit. Li rapen el cap, la lliguen a un arbre nua, la colpegen i l’obliguen a beure orina de vaca per a purificar-se.

Klak. El 2007, un 0,05 per cent de les denúncies per abusos policials va concloure en condemnes.

Klik. Divyda es penja amb la seva sari, desesperada per les burles dels seus companys. Li deien devdasi, esclava de déu, un col·lectiu de milers d’esclaves sexuals dalits a la disposició de líders religiosos.

Klak. Més de 30 milions de dalits treballen en condicions d’esclavitud pagant deutes dels seus avantpassats.

Klik. Una cooperativa contracta més de 1.000 dones dalit que abandonen la neteja de lavabos per a convertir-se en cuineres del randani roti, una delicadesa dalit.


Klik. Klak. Klik. Klak. Klik. Klak. Col·loco més peces que s’acoblen i se superposen en aquest puzle impossible que és el sistema de castes indi, en aquest puzle inabastable que és l’Índia, un país resistent a l’homogeneïtat occidental, un llamp de llum on encara es poden veure sense esforç tots els colors i on gairebé gens, gairebé mai, és blanc o negre.